Ejemplos con condenados

Muchas veces la mejor manera de entender el significado de una palabra, es leer textos donde aparece dicha palabra. Por ese motivo te ofrecemos innumerables ejemplos extraidos de textos españoles seleccionados.

Hay quienes piensan que esta tradición tiene una relación con los antiguos condenados a la horca de Tyburn a los cuales se les permitía decir sus últimas palabras.
Cuando empezaba a soplar por el ventanillo la brisa del alba cayó lentamente en un sueño pesado, un sueño embrutecedor, igual al de los condenados a muerte o al que precede a una mañana de desafío.
¡Los garfios que en las carnes de los condenados clava Satanás! Y ahora me arrodillo para recibir la absolución Señor capellán, la absolución, y la tuya también, mal hijo, ya que tienen esa gracia tus manos impuras.
Una sed eterna, semejante a la de los condenados, martirizaba a aquellos infelices.
Tal vez son ciegos para la hermosura de la tierra, condenados a luchar con ella eternamente, a vencerla y violarla para sacar de sus entrañas el sustento.
Los condenados sentían este fuego en el cerebro, los dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre, corazón, venas, nervios, huesos, médula de éstos, sangre y hasta en las potencias del alma , y después de la horripilante enumeración, San Ignacio preguntaba al alma del pecador con quién deseaba irse, si con Dios o con el Demonio.
Era una antigua costumbre que apreciaban los viejos toledanos, haciéndose lenguas de la frescura del agua de la catedral, condenados como estaban el resto del año al líquido terroso del Tajo.
Y cadáveres eran, realmente, los españoles, condenados a no pensar o a mentir, ocultando su pensamiento.
Aquellos, grandes, azules, de mirada vaga, un poco alta, como lo es en medio del dolor la mirada de la esperanza, esta, pálida, caída por los extremos, con esa curvatura que indica el sufrimiento habitual y es el primer signo que estampa la agonía en los enfermos desahuciados y en los condenados a muerte.
Y los gorriones, los pardillos y las calandrias, que huían de los chicos como del demonio cuando los veían en cuadrilla por los senderos, posábanse con la mayor confianza en los árboles inmediatos, y hasta se paseaban con sus saltadoras patitas frente a la puerta de la escuela, riéndose con escandalosos gorjeos de sus fieros enemigos al verlos enjaulados, bajo la amenaza de la caña, condenados a mirarlos de reojo, sin poder moverse y repitiendo un canto tan fastidioso y feo.
Los carros de los labriegos, con sus toldos claros, formaban un campamento en el centro del cauce, y a lo largo de la ribera de piedra, puestas en fila, estaban las bestias a la venta: mulas negras y coceadoras, con rojos caparazones y ancas brillantes agitadas por nerviosa inquietud, caballos de labor, fuertes pero tristes, cual siervos condenados a eterna fatiga, mirando con sus ojos vidriosos a todos los que pasaban, como si adivinasen al nuevo tirano, y pequeñas y vivarachas jacas, hiriendo el polvo con sus cascos, tirando del ronzal que las mantenía atadas al muro.
Aun conservaban en sus guardas la caricatura del maestro, don Román López, , como le llamábamos porque nunca hablaba del orador de Túsculo sin aplicarle rimbombante epíteto, y legibles todavía, notas, significados de inusitadas voces, sólo usadas de tal o cual poeta, listas de condiscípulos condenados a ser detenidos dos o tres horas, por no haber acertado con no sé qué dificultades horacianas.
El poeta sufría como uno de los condenados de aquel poema de Dante, cuya lectura nunca había podido terminar.
Estos son los condenados charoles que usa la señá Nicanora.
A los veintitrés años tuvo una fiebre nerviosa que puso en peligro su vida, pero cuando salió de ella parecía un poco más fuerte, ya no era su respiración tan fatigosa ni sus corizas tan tenaces, y hasta los condenados raigones de sus muelas parecían más civilizados.
¡Toma, caramelos! ¡Legalmente sí, pero vénganos con legalidades! ¡Y esos Judas condenados que nos faltaron cuando precisamente pendía de ellos la cosa! ¡El herrero de Gondás, los dos Ponlles, el albéitar!.
Pues la del Salmantino respondió el cura, acompañe y acreciente el número de los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si fuera del mesmo Apolo, y pase adelante, señor compadre, y démonos prisa, que se va haciendo tarde.

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