Alejandro Tapia y Rivera

Alejandro Tapia y Rivera

Poeta y Ensayista Puertoriqueño cuyo nombre completo es Alejandro Tapia y Rivera

12 de noviembre de 1826 Bandera de Puerto Rico San Juan, Puerto Rico - 19 de julio de 1882, Bandera de Puerto Rico San Juan, Puerto Rico


25 Poesías de Alejandro Tapia y Rivera

Poemas más populares de Alejandro Tapia y Rivera


Ángel tú... ya no

Un ángel al Pindo bajó cierto día,
por él una musa de amor suspiró;
naciste, oh hermosa, de aquella armonía.
Su frente inspirada, su voz de ambrosía,
la Musa te dio.

Te dio como madre, su forma hechicera,
su paso de ninfa, su queja de amor,
sus ojos de luna y gentil cabellera;
en tanto que el ángel, de célica esfera
te dio el resplandor.

Sonó en el Olimpo cantar de alegría,
entonces doliente el cielo gimió;
aquel una virgen gozoso adquiría,
un ángel el cielo querido perdía
y el mundo aplaudió.

Y tú ante el aplauso, incauta ¡ay! olvidas
que Dios para el cielo el ángel formó.
Yo lloro ilusiones, cuán triste, perdidas
al ver ya tus alas al mundo vendidas...
¿Ángel tú?... Ya no.


Poema Ángel tú... ya no de Alejandro Tapia y Rivera con fondo de libro

El ángel del amor

Dios hizo el mundo; con su voz divina
del caos lo sacó,
y admirando su obra peregrina
se dice que la amó.

Su grandioso querer cumplido estaba
magnífico, inmortal;
pero amante, colmar aun le faltaba
su afecto celestial.

Y ante el dulce mirar de su ternura
la esfera se extasió,
y el ángel de la luz y la hermosura
en luna se trocó.

Y el grato aroma de su noble aliento
lanzó sobre el Abril,
y el ángel del perfume en el momento
fue rosa del pensil.

Y emanando su labio regalado
al ángel de la miel,
fue emblema de su néctar delicado
la dulce abeja fiel.

Y formó de su voz la simpatía,
un eco seductor,
y el ángel de la plácida armonía
trocose en ruiseñor.

Empero deseaba el Dios potente
formar un nuevo ser;
y un ángel de su Edén trajo clemente
y fuiste tú, mujer.

Y te ornó con diadema de hermosura,
te alzó como deidad;
dio a tus ojos mil perlas de ternura,
de gozo y de piedad.

Y emblema, oh Celia, del amor divino
te quiso el Hacedor
consagrar al benéfico destino
del ángel del amor.



El último borincano

De la anhelada victoria
perdida ya la esperanza,
podrá tan solo la muerte
aliviar nuestra desgracia.
Al fuego de los cristianos
es la resistencia vana,
y todo cede ante el filo
de sus cortantes espadas.
A sus golpes formidables
tal vez sucumbido haya
el más valiente cacique
de la tierra de Agueinaba;
sin su aliento poderoso
y sin su brazo, ¡oh desgracia!
¿qué intentaremos nosotros
en situación tan amarga?
Los cristianos nunca mueren,
Borinquen su imperio guarda,
¡ah! nuestra vida ocultemos
en las ásperas montañas.

Así las indianas huestes
en su dolor exclamaban,
al ver en Yagüeca un día
destruida su arrogancia.
Unidos luego al caudillo
que fue un tiempo su esperanza,
el intrépido Humacao
que dio nombre a su comarca,
llevaron su duelo triste
a la sierra que elevada
saluda al sol cuando nace
y al Mar del Caribe, guarda.
Allí en aquella eminencia
el cacique, la pujanza
del bravo campeón cristiano
resistiera época larga,
ora asaltando llanuras
o haciendo de sus gargantas
un terrífico baluarte,
testigo de cien hazañas.
Allí sucumbió postrero
de las huestes borincanas-.
Y cuéntase que su sombra
en aquellas cumbres ásperas
do tiempo en tiempo se ofrece
a las vecinas miradas.

Yo imagino que su espíritu
fue bañado en la luz santa,
con que el cielo en su piedad
ilumina allá las almas:
que al sucumbir por su ley,
a ella fiel aunque pagana,
la eterna misericordia
tuvo en cuenta su ignorancia.
Y desde entonces errante
al ver en su tierra alzada
la digna cruz redentora,
se postra y tierna plegaria
eleva desde la altura
que fue su glorioso alcázar,
porque su tierra querida
deba a la cruz bienandanza-.
Tales son los ecos tristes
que allá en noche solitaria,
se escuchan en las alturas
de la ríspida montaña.
Tal la sombra vagabunda
que se divisa postrada,
en el Yunque gigantesco
cuando la luna lo baña-.
Al ver la cristiana grey,
del cacique la arrogancia,
la incansable intrepidez
con que lidió por su patria
y que loco era su empeño;
dio por nombre a la comarca
el de Sierra del Loquillo
y hora Luquillo se llama.



Las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres

"Las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias."

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El verbo, clases de verbos

clases de verbos

¿Qué es el verbo?

El verbo es un tipo de palabra con la que se puede expresar acción, existencia, estado y consecución. Dentro de las oraciones, el verbo actúa como el núcleo del predicado, aunque el verbo, por sí mismo, puede formar una oración, por ejemplo: Llueve (oración impersonal). Los verbos, tomando sus diferentes formas, pueden manifestar distintos pormenores de la acción; así pues, con el verbo "jugar", por ejemplo, se puede decir: Yo juego, tú juegas, ellos jugarán, nosotros habíamos jugado, etc. Estas variaciones señaladas son los denominados accidentes gramaticales del verbo, los cuales son cinco: persona, número, voz, modo y tiempo.

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