Ejemplos con subiéramos

Muchas veces la mejor manera de entender el significado de una palabra, es leer textos donde aparece dicha palabra. Por ese motivo te ofrecemos innumerables ejemplos extraidos de textos españoles seleccionados.

-Me parece, señor, que no es verdad que subiéramos.
Propuso la Rosarito que subiéramos en su seguimiento, pero María Ignacia se negó a ello recordando que mi madre nos tenía muy encomendado que no fuéramos nunca al Castillo, porque entre sus ruinas andan demonios maléficos, o genios burlones, amén de alimañas terrestres de lo más dañino.
Si la superficie de un dormido lago se transformara súbitamente en pradera verde y lozana, y a un extremo de ella brotaran un bardal espeso aquí, un grupo de castaños allá, dos higueras enfrente, un robledal más lejos, una fila de cerezos delante de un barullo de manzanos y ''cerojales'', una mimbrera junto a una charca festoneada de juncos, ''menta de perro y uvas de culebra'', un alisal hacia el monte... y otros cien adornos semejantes, que el buen gusto del lector puede ir imaginando sin temor de alejarse de la verdad, y luego colocáramos una casita, agazapada debajo de su ancho alero, como tortuga en su concha, al socaire del bardal, otras dos parecidas, a la sombra de las higueras, cuatro o cinco, no mayores, detrás de los castaños, algunas con balcón de madera, aquí y allí compartiendo amistosamente con las más humildes el amparo del robledal o los sabrosos dones de los frutales, otras muchas, y cada una de por sí, arrimadas a la setura, de un ''solar'', o a la pared de un huerto, y en el centro de este ''ordenado'' y pintoresco ''desorden'', una iglesia modestísima alzando su aguda espadaña como pastor vigilante la cabeza para cuidar de su disperso rebaño, y, por último, subiéramos al monte frontero, y en una de sus cañadas tomáramos la linfa de un manantial, y la dejáramos descender a su libertad, y arrastrarse a las puertas de este caserío, y murmurar entre las lindes de dos huertos de la mala acogida que se le hiciera en las abiertas corraladas, hasta que después de refrescar las raíces de los álamos cercanos a la iglesia y hacer a ésta una humildísima reverencia que le costara un nuevo rodeo en su camino, se largara mies abajo, entre berros y espadañas, tendríamos, lector discreto, pintiparado a Valdecines. Así está tendido al comienzo de un angosto y no muy largo valle, llano como la palma de la mano, así están distribuidos como en un dibujo de hábil artista, sus caseríos, sus huertos, sus arboledas y sus aguas. Montes de poca altura, pero bien vestidos, y la sierra que conocemos, amparan el valle por todas partes: y se une a otro más extenso por el angosto boquete que da salida al riachuelo que, paso a paso y con la ayuda de otros vagabundos como él, va tomando humos de río.
No acudía a donde nosotros intentábamos llevarla para curar sus males: pretendía que nosotros subiéramos con ella a las alturas desde donde se había puesto a contemplarlos.
Propuso la Rosarito que subiéramos en su seguimiento, pero María Ignacia se negó a ello recordando que mi madre nos tenía muy encomendado que no fuéramos nunca al Castillo, porque entre sus ruinas andan demonios maléficos, o genios burlones, amén de alimañas terrestres de lo más dañino.
Es claro que nos toca desandar lo andado y bajar por los escalones por donde antes subiéramos.

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