Ejemplos con ah

Muchas veces la mejor manera de entender el significado de una palabra, es leer textos donde aparece dicha palabra. Por ese motivo te ofrecemos innumerables ejemplos extraidos de textos españoles seleccionados.

¡Ah! , repite un yanqui de pecho abultado, como palomo buchón, que tiene voz de barítono y está adoctrinándose en el , con miras económicas, por ver de ganar tanto como Caruso.
¡Ah!, era el mejor zapatero de España.
¡Ah! Se murióindiqué de manera dubitativa, empujándole a que se clarease.
¡Pluguiera a Dios cegarme, antes de haberla yo leído! Pero ya, ¿qué he de hacer? ¡Ah! Resignarme y perdonar la mano que me ha herido.
¡Ah! Te has quedado boquiabierto.
¡Ah, mi Dios, que yo estoy cansado! Estoy cansado de la patrona, de mi bien amada mujer.
¡Ah! ¿Matarte tú? Eso es diferente.
¡Ah, naturalmente! Pero los pasteles pertenecen a Belarmino y Apolonio, y ellos se gozan más en invitar que en ser invitados.
¡Ah, pues si no fuera por este patriotismo que me esclaviza!.
¡Ah, señor Ministro! Me juzga usted muy mal.
¡Ah, ladrón! ¡Y cómo había perdido a toda una familia!.
¡Ah! Y por esto mismo le recordaba que habría que hacer efectivo el préstamo para la compra del rocín, cantidad que con los réditos ascendía á.
¡Ah! Si él no tuviera sus puños de gigante, las espaldas enormes y aquel gesto de pocos amigos, ¡qué pronto hubiera dado cuenta de él toda la vega! Esperando cada uno que fuese su vecino el primero en atreverse, se contentaban con hostilizarle desde lejos.
¡Ah, ¡Grandísimo granuja! ¡Si no hubiera Guardia civil!.
¡Ah! Y que no olvidase comprar hilo, agujas y unas alpargatas para el pequeño.
¡Ah, los bandidos! Los dos mayores estaban magullados, era lo de siempre: no había que hacer caso.
¡Ah, grandísimo pillo! Ahora comprendía él por qué olvidaba sus deberes, por qué perdía las tardes vagando por la huerta como un gitano.
Vamos, señor ¿cuál es su gracia? ¿Batiste? ¡Ah! Pues mire usted, señor Bautista: para que vea que le quiero y deseo que esa joya sea suya, voy a hacer lo que no haría por nadie.
¡Ah, no, doña Manuela! era exacto cumplidor de sus deberes, y como arrendatario debía visitar a su ama en Navidad y en San Juan, para demostrarle que si no pagaba no por eso dejaba de ser su humilde servidor.
¡Ah! Lo del arado era muy chistoso, y cada cual se imaginaba ver a su amo, al panzudo y meticuloso rentista o a la señora vieja y altiva, enganchados a la reja, tirando y tirando para abrir el surco, mientras ellos, los de abajo, los labradores, chasqueaban el látigo.
¡Ah, buena Teresa! No era necesario que contuviese al marido, sufriendo sus recios empujones.
¡Ah! sí, todo quedaría dispuesto y bien arreglado.
¡Ah! ¡Qué alegremente que repicaban las campanas! ¡Cómo olían los aires a primavera! Venían las brisas cargadas de azahar, y esparcían por la ciudad no sólo el aroma de los naranjales, sino los mil olores de los huertos y de los bosques cercanos, los aromas embriagantes de las amapolas, de los acónitos y de los florecidos, como si la naturaleza despilfarrara todos sus perfumes en obsequio de los niños que volvían a sus hogares.
¡Ah muchacho! ¿Ya vienes con lo del sacrificio, como en todas tus cartas? ¡Qué sacrificio!.
Las rosas ¡ah! ¡las rosas! Lindas y espléndidas salían de manos de la anciana, pero Angelina las embellecía al tocarlas.
¡Ah! se me olvidabaañadió, volviendo a entrar después de algunos segundos de ausencia.
¡Ah! Tu gran entendimiento de matemático y de filósofo alemán no es capaz de penetrar estas sutilezas de una madre prudente.
¡Ah! señora mía, usted es demasiado buena.
¡Ah, picarona! tú quieres engañarme, haciéndome cómplice de alguna majadería.
¿Cuál será la extensión de la mía? ¡Ah, querido padre! No crea usted nada de lo que oiga respecto a mí, y aténgase tan sólo a lo que yo le revele.


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