Vital Aza

Vital Aza

Poeta, Escritor, Comediógrafo, Periodista y Humorista Español. cuyo nombre completo es Vital Aza Álvarez-Buylla

Pola de Lena, 28 de abril de 1851-Madrid, 13 de diciembre de 1912


39 Poesías de Vital Aza

Poemas más populares de Vital Aza


A la luna

Lamentación de un cesante

¡Oh, tú, luna encantadora,
que lumbre gratis nos das!
¡Oh, tú de Febo señora,
ilustre competidora
de las fábricas de gas!

¡Tú que nunca sientes penas
en el trono en que reposas!
¡Tú que en las noches serenas
habrás visto tantas cosas,
unas malas y otras buenas!

¡Tú que en más de una ocasión
sufres con resignación
que un mal poeta te cante,
oye la lamentación
de este mísero cesante!

¡Óyeme sólo un momento!
que en este mundo, ¡ay de mi!,
nadie escucha mi lamento.
Y si a ti no te lo cuento,
¿a quién se lo cuento, di?

Indícame, ¡oh, luna clara!,
de algún destino el camino,
que aquí son ya cosa rara,
y no se encuentra un destino
por un ojo de la cara.

Búscame una posición
en tu elevada región
y me lanzaré al suicidio.
¡Créeme, oh, luna! Te envidio
con todo mi corazón.

Tú, aunque siempre omnipotente,
creces y menguas constante;
pero aquí, con esta gente,
yo nunca llego a creciente...
¡Siempre estoy en el menguante!

Como un destino me des,
dejo a estos hombres ingartos
–(he puesto la erre después)–
que, ¡ay!, tú tienes cuatro cuartos,
y en España sólo hay tres.

¡Tres! Lo digo muy sincero,
aunque el pesar me taladre (1)
el cuarto... Para el cartero;
el cuarto... Que es del casero,
y el cuarto... Honrar padre y madre.

Te creo, ¡oh, luna!, mi amiga,
y hasta que mi bien consiga
cifraré en ti mi fortuna.
No me importa que se diga
que estoy ladrando a la luna.

¿A quién le puede chocar
que yo ladre sin cesar
siendo un mártir en la tierra?
Llevando vida tan perra,
¿qué he de hacer sino ladrar?

Dame sin tardanza alguna,
¡oh, luna!, con tu fortuna,
un consuelo en mi indigencia.
¡Y no me dejes, ¡oh, luna!,
a la luna de Valencia!

(1) Lo de taladre, lector, –es el ripio de rigor.



El médico cazador

EL MÉDICO CAZADOR

Un doctor muy afanado,
que jamás cazado había,
salió una vez, invitado,
a una alegre cacería.

Con cara muy lastimera,
confesó el hombre ser lego,
diciendo: –«Es la vez primera
que cojo un arma de fuego.

Como mi impericia noto,
me vais a tener en vilo.»
Y dijo el dueño del coto:
–«Doctor, esté usted tranquilo,

Guillermo, el guarda, estará
colocado junto a usted;
él es práctico y sabrá
indicarle...» –«Así lo haré,

–dijo el guarda–. Sí, señor,
no meterá usted la pata.
Verá usted, señor doctor,
los conejos que usted mata.

Siga en todo mi consejo.
¿Que un conejo se presenta?
Pues yo digo: ¡Ahí va el conejo!
¡Y usted tira y lo revienta!»

–«Bueno, bueno, siendo así!...»
–«Nada, que no tema usted.
Quietecito junto a mí;
chitón, y yo avisaré.»

Colocose tembloroso
el buen doctor a la espera,
cuando un conejo precioso
salió de su gazapera.

–«Ahí va un conejo– le grita
el guarda-; ¡no vacilar!»
Y el doctor se precipita,
y ¡pum! disparó al azar.

Y es claro, como falló
diez metros la puntería,
el conejo se escapó
con más vida que tenía.

El guarda puso mal gesto
y rascose la cabeza.
Hubo una pausa y en esto
saltó de pronto otra pieza.

–«¡Ahí va una liebre, doctor!
¡Tire usted pronto, o se esconde!»
y ¡pum! el pobre señor
disparó... ¡Dios sabe a dónde!

Gastó en salvas, sin piedad,
lo menos diez tiros, ¡diez!
sin que por casualidad
acertara ni una vez.

Guillermo, que no era un zote,
sino un guarda muy astuto,
dijo para su capote:
–«Este doctor es muy bruto.

¡No le pongo como un trapo,
mas ya sé lo que he de hacer!»
Y al ver pasar a un gazapo
corriendo a todo correr:

–«¡Doctor! –exclamó Guillermo
con rabia mal reprimida–,
¡Ahí va un enfermo! ¡Un enfermo!»
Y ¡pum! ¡Lo mató en seguida!



¡Cómo cambian los tiempos!

¡CÓMO CAMBIAN LOS TIEMPOS!

Cuando de niño empecé
a darme a la poesía,
tan en serio lo tomé,
que sólo en serio escribía.

Romántico exagerado,
era lo triste mi fuerte.
¡Válgame Dios!, ¡le he soltado
cada soneto, A la muerte!

La fatalidad, el sino,
el hado, la parca fiera,
el arroyo cristalino
y la tórtola parlera...

Todo junto le servía
a mi necia inspiración
para hacer una elegía
que partía el corazón.

No hubo desgracia ni duelo
que en verso no describiera...
¡Si estaba pidiendo al cielo
que la gente se muriera!

¿Qué airado el mar se tragaba
la barca de un pescador?
Pues yo en mi lira lanzaba
los lamentos del dolor.

¿Que un amigo se moría,
viejo, joven, listo o zafio?
Pues, ¡zas!, al siguiente día
publicaba su epitafio.

¿Que una madre acongojada
gemía en llanto deshecha?
¿Que por una granizada
se perdía la cosecha?

Pues yo enjugaba aquel llanto
en versos de arte mayor,
y maldecía en un Canto
al Granizo destructor.

Escéptico y pesimista,
¡me hacía unas reflexiones!...
Sirva de ejemplo esta lista
de varias composiciones:

Ludibrio, Dios iracundo,
Profanación y adulterio.
Los desengaños del mundo,
El ciprés del cementerio.

Pues, ¿y una composición
en que imitando a otros vates,
con la mejor intención
decía estos disparates?

«¡Ay! El mundo en su falsía
aumentará mi delito,
vertiendo en el alma mía
la duda de lo infinito.»

«Triste, errante y moribundo,
sigo el ignoto sendero,
sin encontrar en el mundo
un amigo verdadero.»

«¡Todo es falsedad, mentira!
¡En vano busco la calma!
¡Son las cuerdas de mi lira
sensibles fibras del alma!»

«¡El mundo, en su loco anhelo
me empuja hacia el hondo abismo!
¡Dudo de Dios y del cielo,
y hasta dudo de mí mismo!»

«¡Esta existencia me hastía!
¡Nada en el mundo es verdad!»
...................................................
¡Y todo esto lo decía
a los quince años de edad!

Francamente, yo no sé
cómo algún lector sensato
no me pegó un puntapié
por necio y por mentecato.

Por fortuna, ya no siento
aquellas melancolías,
ni doy a nadie tormento
con vanas filosofías.

Ya no me meto en honduras,
ni hablo de llantos y penas,
ni canto mis amarguras
ni las desdichas ajenas.

He cambiado de tal modo,
que soy otro diferente;
pues hoy me río de todo,
¡y me va perfectamente!