Ramón Samaniego Palacio

Poeta, Abogado y diputado Ecuatoriano cuyo nombre completo es Ramón Samaniego Palacio

Loja en 1826 - 1880


3 Poesías de Ramón Samaniego Palacio

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Tu nombre

No se engañó el alma mía,
ni al decírtelo mentí
que tu nombre es para mí
nota de dulce armonía;

música suave que encanta
y que sorprende mi oído,
como el melodioso ruido
del ruiseñor cuando canta.

Tu hermoso nombre me suena
más dulce que los rumores
de la brisa entre las flores
soplando mansa y serena;

más que el plácido murmullo
del arroyo transparente,
más que el gemir de la fuente
de las auras el arrullo;

más que el trino encantador
del ave que en la enramada
saluda de la alborada
el prístino resplandor;

más que el suspiro anhelante
de la virgen pudorosa,
cuando la pasión rebosa
en su corazón amante.

Es fuente de inspiración,
señora, para tu amigo,
y así el instante bendigo
en que te alzo mi canción.

Y aunque el cielo me negó
del vate la luz divina
con que esclarece e ilumina
cuanto el hombre nunca vio;

al nombrarte siento arder
en mi interior una llama;
un fuego vivaz me inflama
que trasfigura mi ser.

Me juzgo entonces poeta
allá en mi loca ilusión,
y bulle en mi mente inquieta
del vate la inspiración.

Y por eso yo he cantado
de tu nombre los primores
con los vívidos colores
que en mi mente está grabado.

Y aquestas trovas sentidas
que me inspiran la amistad,
son un tributo en verdad
a tus virtudes cumplidas.

Pero ¡pobres!... ¿Qué serán
¡ay! señora, en tu presencia?...
Mustias flores sin esencia
que su vida perderán.

Mas ¡qué bien tan soberano
si acaso te dignas leerlas!...
En tu boca serán perlas
y diamantes en tu mano.

Loja, junio 2 de 1862.



Elegía

Mon coeur lui doit ces soins pieux et tendres.

Béranger

¿Qué rayo viene a destrozar mi frente
y abrir en mi alma una profunda herida?
¿Qué voz rasga mi oído de repente,

al rebramar del trueno parecida?
¡Ay... Abrumado estoy y sin aliento,
y entre sombras mi mente confundida!...

Me falta la razón, mi pensamiento
se ofusca, se oscurece, pierde el brío,
y se apodera de él delirio lento!...

Y el eco se repite, el eco impío
de esa insólita voz desgarradora
que rauda el huracán lanzó bravío!

¡Murió!... ¡Pronuncia cruel!... ¡Asoladora!...
¡Murió!... ¡Repite con pujante estruendo!...
¡Sin tregua resonando a toda hora!

¡Oh suplicio feroz, martirio horrendo
que, eterno como el alma, nunca pasa
y que va mi existencia destruyendo!

¡Una llama voraz mi pecho abrasa,
fuego respiro que mis labios quema
y son mis venas encendida brasa!

Y en esa hora de horror, hora suprema
de sombras, de tinieblas, de agonía,
de la vida y la muerte lucha extrema,

yo, lejos de su lecho, en paz dormía,
ajeno a la tormenta que bramaba
y en torno del hogar fúnebre ardía.

¡Ay infeliz, que el Cielo me negaba
siquiera recoger su último aliento
y probarle el ardor con que le amaba!

¡Muerte fatal, memoria de tormento,
fuente copiosa de amargura y llanto
y símbolo de luto y sentimiento!

¡Tú has causado, inhumana, mi quebranto,
tú has vertido en mi pecho la amargura,
tú me has sumido en infortunio tanto!

De su vida inocente, recta y pura,
manantial de virtud acrisolada,
de caridad modelo y de ternura,

¡compasión no tuviste, y despiadada
a tus furores la inmolaste, ansiosa
de ostentar tu potencia malhadada!

Ríe, pues, de tu triunfo; ya rebosa
en mi pecho la hiel que tú has vertido...
¡La víctima que hiciste ya reposa!...

Sí, mírala a tus pies... Pero ¡ay! transido
de angustia y de dolor, llevo los ojos
al doméstico hogar, dulce y querido.

Y sólo miro pálidos despojos
que me dicen su nombre venerando
para aumentar del alma los enojos;

y huérfana, infeliz, allí llorando
a la hija que él amó con tanto anhelo,
miro su último aliento ya exhalando;

y que en voz balbuciente eleva al cielo
mil ayes de su pecho dolorido,
y demanda en su angustia algún consuelo.

Pero ¡ay! en vano... Mas enardecido
vuelve el recuerdo a destrozar el alma
a cada queja de su pecho herido.

¿Adónde, adónde fue la dulce calma
y la tranquila paz y la alegría?...
¡Mustio el hogar está, seca la palma

que con su sombra cobijó algún día
la fuente cristalina do apuramos
las glorias que el vivir nos prometía!

Ya todo se acabó... Solos quedamos,
huérfanos en la tierra, desvalidos
sin luz que nos alumbre... Ya cegamos,

y entre luto y tinieblas confundidos
en el mar de la vida proceloso,
¿qué haremos ¡ay! en su extensión perdidos?

¡Sin ti ya nadie, oh padre cariñoso,
de justicia y bondad, de amor dechado,
nos brindará su apoyo generoso!

Mas, del hogar en torno, con cuidado
guardaremos por siempre tu memoria,
cual la vestal el fuego consagrado;

Será tu vida la brillante historia
en que honor y virtud aprenderemos
y la fe en el Señor, y su alta gloria
como tú sin descanso buscaremos.



En un cumpleaños

Bien haya, niña, el hermoso,
el claro y brillante día
en que tu natal dichoso
llenó el mundo de alegría.

Como tan linda naciste,
tan bella y seductora,
mil coronas mereciste
¡oh niña! desde tu aurora.

Las flores te saludaron
al mirarte tan lozana;
y a una voz proclamaron
su digna y feliz hermana.

Y la brisa blanda y pura
jugueteando en tu redor,
prendada de tu hermosura
te rindió su tierno amor;

y robando en ese instante
mil perfumes a tu aliento
fue a decir leda y triunfante
al jardín tu nacimiento.

Y la estrella esplendorosa,
al contemplar tu mirada
bella, purísima, hermosa,
te dio su luz nacarada;

y he ahí por qué tus ojos
son dos brillantes luceros
que del alma los enojos
desvanecen hechiceros.

Los ángeles en tu risa
hicieron resplandecer
de los cielos la sonrisa,
viva imagen del placer.

Y por eso tu reír
da creces a tu beldad,
y es el iris que al lucir
serena la tempestad.

¡Oh niña!, que siempre sean
felices tus claros días,
y nunca en luto se vean
cambiarse tus alegrías.

Linda flor, siempre mecida
por el aura placentera,
que se conserve tu vida
en eterna primavera.

Bien haya, niña, el hermoso
el claro y brillante día
en que tu natal dichoso
llenó al mundo de alegría.