Miguel Riofrío

Miguel Riofrío

Poeta, Político, Abogado y Educador Ecuatoriano cuyo nombre completo es Miguel Riofrío Sánchez

Loja, Ecuador, 7 de septiembre de 1819 - Lima, Perú, 11 de octubre de 1879


5 Poesías de Miguel Riofrío

Poemas más populares de Miguel Riofrío


Nina

Descendiente de los Shyris,
Chaloya, padre de Nina,
huyendo de Rumiñahui
subió a lo alto del Pichincha.

Al mirar columnas de humo
y entender que Quito ardía,
alzó sus ojos al cielo
y postrose de rodillas.

Chaloya, aunque de alta estirpe,
no fue tenido en valía,
porque a la corte enojaba
su ardiente sed de justicia.

Alejado de los grandes,
sin odio, pena ni envidia,
en lo invisible ocupaba
su mente contemplativa.

Presagiaba suspirando
que la patria acabaría
entregándose a extranjeros,
devorada por sí misma.

Por mitigar sus congojas
oraba de cima en cima,
y, en la suprema desgracia,
prefirió la del Pichincha.

El pensamiento y las huellas
de su padre siguió la hija,
y en esta vez asustados
otros a ella la seguían.

Era todo movimiento,
confusión, llanto, fatiga;
por oír entonces al justo
suben varios al Pichincha.

Resbalando entre la nieve,
ante todos llega Nina;
ve a su padre, mira al cielo,
llora, y como él se arrodilla.

Iban los demás llegando
en confusa vocería;
uno maldice al tirano,
maldice otro la conquista;

quien amenaza, quien jura,
quien blasfema, quien suspira.
Chaloya se alza, oye a todos
y dirigiéndose a la hija:

«Llora, dice, el llanto es justo,
pues la patria está en cenizas;
mas, no maldigas a nadie,
sólo la culpa es maldita.

»¿Y quién de culpa está libre
ante el sol de la justicia?
El valor se torna en culpa,
si con culpas se ejercita.

»Es culpa la mansedumbre
que ante las culpas se humilla;
ejerciéndola en exceso
es culpa la virtud misma.

»Tras las culpas hay desgracias,
si todo no se equilibra.
Sin nada más, nada menos
de lo que el sol determina.

»Rumiñahui valeroso
quiso defender al Inca;
mas nuestro monarca, manso
se entregó, cual tortolilla.

»Le devoraron milanos
que nuestra raza asesinan;
librarnos de tal peligro
ha intentado el héroe quichua.

»Pero la nación estaba
en cien bandos dividida;
cada bando era una culpa
que engendraba cien desdichas.

»En despecho, Rumiñahui
llegó a la culpa infinita
de la matanza y el fuego
que contemplas pavorida.

»Por las culpas de sus hijos
gime la patria cautiva,
pues ya miro consumada
la más sangrienta conquista.

»Infelice, cual ninguna,
será la raza vencida;
pero nunca la triunfante
podrá excitar nuestra envidia.

»Nuestra prole a la indigencia
estará siempre sumisa;
será la bestia de carga
de la crueldad y avaricia.

»Pero ¡oh sol! tú no perdonas
crueldades ni alevosías;
a ti que a todos alumbras,
todos te deben justicia.

»Y tus leyes quebrantadas
se llaman guerra, conquista,
odio, rabia, furia, celos
y frenética codicia.

»El sol con la servidumbre,
a nuestra patria castiga
y deja a la raza intrusa
castigarse por sí misma».



A mi esposa

(En su cumpleaños)

Al breve viaje que llamamos vida,
buscarle paz y bendición quisimos,
la fe nos alumbró, la senda vimos,
y en venturosa audacia
para juntos seguirla nos unimos.

Y a los dos, así juntos caminando,
bajo el astro propicio que nos guía,
nada cansa ni amarga, nada hastía
de cuanto en fiel presagio
el bendecido amor nos prometía.

Ni opacas son, ni estériles las horas
que señalando van nuestro camino.
¿Qué mayor dicha ni mejor destino
que paz, amor, bonanza
para el que anda en el mundo peregrino?

La paz del corazón, cual suave lluvia,
da al amor conyugal vida y consuelo,
y así fecunda el que bendice el cielo:
almo, viril trabajo,
cuyo ambiente hace fértil todo suelo.

Sin anhelar profanos esplendores
que dan al vicio fúlgida apariencia,
tenemos el fulgor, la sacra herencia
que ufana nos ofrece
desde su trono augusto la conciencia.

De un año sólo en el estrecho espacio,
fuiste virgen y amante y casta esposa,
y después de arduo trance, aún más hermosa,
el título de madre
te decora con láurea majestuosa.

La que está en tu regazo es tu alta esencia
por divino favor reproducida,
de tu amor y mi amor hija querida
que absortos contemplamos
cual la antorcha que alumbra nuestra vida.

En ella está tu vivo simulacro
desde que al valle del dolor viniste;
como ella, tras el llanto sonreíste;
en ella yo te miro
desde la hora feliz en que naciste.

Así, al rayar de la risueña aurora
que recuerda tu luz de primer día,
unamos mi contento a tu alegría,
mirando nuestra infancia
que tu hija reproduce, esposa mía.



Josefina

Parece nueva luz, nueva mañana
en un nuevo horizonte despertar
la fe que se levanta soberana
los abismos del alma a iluminar.

En este corazón que aletargado
nido y sepulcro de ilusiones fue,
nunca cual hoy, ¡ah! nunca ha penetrado
con suavidades y esplendor la fe.

Si un lucero miré, presto una nube
con negrura mató la inspiración,
sólo en ensueños y delirios tuve
ninfas de paz, virtud y abnegación.

Mas, yo era injusto al contemplar el suelo
cual la más tenebrosa realidad,
donde sólo alumbrara por consuelo
la enrarecida luz de la amistad.

Pues, con tu aliento al fin has encendido
todas las luces que apagarse vi
en el largo camino recorrido
¡oh, virgen pura, hasta llegar a ti!

Tantos cardos y abrojos que he hollado
buscando la verdad entre el error,
sólo al llegar a ti me han enseñado
que la excelsa verdad es el amor.

Por ardua senda ¡oh Dios! ¿quién lo dijera?
peregrino llegando hasta tu hogar
con el cansancio del que nada espera
¡un cielo en tu alma de improviso hallar!

Tú conoces mi lóbrego pasado,
mi estéril vida, mi fatal sufrir...
Y mi amor con el tuyo has abrigado
sin temer el dudoso porvenir.

Tú nada en nuestras pláticas oíste
de cuanto halaga o priva la mujer;
proscripción, infortunio sólo viste
en vez de juventud, oro y poder.

Por nupcial prenda con unión nos dimos
de las estrellas la sublime luz,
y nuestras almas ante Dios unimos
para juntos llevar corona y cruz.