Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

Poeta Español cuyo nombre completo es Manuel José Quintana y Lorenzo

Madrid, 11 de abril de 1772-Madrid, 11 de marzo de 1857


5 Poesías de Manuel José Quintana

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A un amigo (Quintana)

No con vana lisonja y blando acento
Me quieras engañar, huésped del prado;
Yo no soy lo que fui: rigor del hado
Me condena por siempre al escarmiento.

Nunca lozana a su primer contento
La planta vuelve que truncó el arado,
Por más que al cielo le merezca agrado
Y que amoroso la acaricie el viento.

Anda, pasa adelante; en otras flores
Más ricas de fragancia y más felices
Pon tu dulce cuidado y tus amores:

Que es ya en mí por demás cuanto predices,
Pues el aire del sol con sus ardores
Quemó hasta la esperanza en mis raíces.


Poema A un amigo (Quintana) de Manuel José Quintana con fondo de libro

A España, después de la revolución de marzo

¿Qué era, decidme, la nación que un día
reina del mundo proclamó el Destino,
la que a todas las zonas extendía
su cetro de oro y su blasón divino?
Volábase a Occidente,
y el vasto mar Atlántico sembrado
se hallaba de su gloria y su fortuna.
Doquiera España; en el preciado seno
de América, en el Asia, en los confines
del Africa, allí España. El soberano
vuelo de la atrevida fantasía
para abarcarla se cansaba en vano;
la tierra sus mineros le rendía,
sus perlas y coral el Oceano.
Y donde quier que revolver sus olas
él intentase, a quebrantar su furia
siempre encontraba costas españolas.

Ora en el cieno del oprobio hundida,
abandonada a la insolencia ajena,
como esclava en mercado, ya aguardaba
la ruda argolla y la servil cadena.
¡Qué de plagas, oh Dios! Su aliento impuro
la pestilente fiebre respirando,
infestó el aire, emponzoñó la vida;
el hambre enflaquecida
tendió los brazos lívidos, ahogando
cuanto el contagio perdonó,; tres veces
de Jano el templo abrimos,
y a la trompa de Marte aliento dimos;
tres veces, ¡ay!, los dioses tutelares
su escudo nos negaron, y nos vimos
rotos en tierra y rotos en los mares.
¿Qué en tanto tiempo viste
por tus inmensos términos, oh Iberia?
¿Qué viste ya, sino funesto luto,
honda tristeza, sin igual miseria,
de tu vil servidumbre acerbo fruto?

Así, rota la vela, abierto el lado,
pobre bajel, a naufragar camina,
de tormenta en tormenta despeñado,
por los yermos del mar; ya ni en su popa
las guirnaldas se ven que antes le ornaban,
ni, en señal de esperanza y de contento,
la flámula riendo al aire ondea.
Cesó en su dulce canto el pasajero,
ahogó su vocerío
el ronco marinero,
terror de muerte en torno le rodea,
terror de muerte silenciosos y frío;
y él va a estrellarse al áspero bajío.

Llega el momento, en fin; tiende su mano
el tirano del mundo al Occidente,
y fiero exclama: «El Occidente es mío.
Bárbaro gozo en su ceñuda frente
resplandeció, como en el seno oscuro
de nube tormentosa en el estío
relámpago fugaz brilla un momento
que añade horror con su fulgor sombrío.
Sus guerreros feroces
con gritos de soberbia el viento llenan;
gimen los yunques, los martillos suenan;
arden las forjas. ¡Oh, vergüenza! ¿Acaso
pensáis que espadas son para el combate
las que mueven sus manos codiciosas?
No en tanto os estiméis; grillos, esposas
cadenas son que en vergonzosos lazos
por siempre amarren tan inertes brazos.

Estremecióse España
del indigno rumor que cerca oía,
y al gran impulso de su justa saña
rompió el volcán que en su interior hervía.
Sus déspotas antiguos,
consternados y pálidos se esconden;
resuena el eco de venganza en torno,
y del Tajo las márgenes responden:
«¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río,
los colosos de oprobio y de vergüenza
que nuestro bien en su insolencia ahogaban?
Su gloria fue, nuestro esplendor comienza;
y tú, orgullosos y fiero,
viendo que aún hay Castilla y castellanos,
precipitas al mar tus rubias ondas,
diciendo: «Ya acabaron los tiranos.»

¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial momento!
¿Con qué puede ya dar el labio mío
el nombre augusto de la patria al viento?
Yo le daré; mas no en el arpa de oro
que mi cantar sonoro
acompañó hasta aquí; no aprisionado
en estrecho recinto, en que se apoca
el numen en el pecho
y el aliento fatídico en la boca.
Desenterrad la lira de Tirteo,
y el aire abierto a la radiante lumbre
del sol, en la alta cumbre
del riscoso y pinífero Fuenfría,
allí volaré yo, y allí cantando
con voz que atruene en derredor la sierra,
lanzaré por los campos castellanos
los ecos de la gloria y de la guerra.
¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime,
único asilo y sacrosanto escudo
al ímpetu sañudo
del fiero Atila que a Occidente oprime
¡Guerra, guerra, españoles! Es el Betis;
ved del Tercer Fernando alzarse airada
la augusta sombra; su divina frente
mostrar Gonzalo en la imperial Granada;
blandir el Cid su centelleante espada,
y allá sobre los altos Pirineos,
del hijo de Jimena
animarse los miembros giganteos.
En torvo ceño y desdeñosa pena,
ved cómo cruzan por los aires vanos;
y el valor exhalando que se encierra
dentro del hueco de sus tumbas frías,
en fiera y ronca voz pronuncian: «¡Guerra!»

¡Pues qué! ¿Con faz serena
vierais los campos devastar opimos,
eterno objeto de ambición ajena,
herencia inmensa que afanando os dimos?
Despertad, raza de héroes; el momento
llegó ya de arrojarse a la victoria:
que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,
que vuestra gloria humille nuestra gloria.
No ha sido en el gran día
el altar de la patria alzado en vano
por vuestra mano fuerte.
Juradlo, ella os lo manda: «¡Antes la muerte
que consentir jamás ningún tirano!»

Sí, yo lo juro, venerables sombras;
yo lo juro también, y en este instante
ya me siento mayor. Dadme una lanza,
ceñidme el casco fiero y refulgente;
volemos al combate, a la venganza;
y el que niegue su pecho a la esperanza,
hunda en el polvo la cobarde frente.
Tal vez el gran torrente
de la devastación en su carrera
me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura
no se muere una vez? ¿No iré, expirando,
a encontrar nuestros ínclitos mayores?
«¡Salud, oh padres de la patria mía,
yo les diré, salud! La heroica España
de entre el estrago universal y horrores
levanta la cabeza ensangrentada,
y vencedora de su mal destino,
vuelve dar a la tierra amedrentada
su cetro de oro y su blasón divino.»



Canción (Quintana)

¡Oh belleza! alto don, rico tesoro,
Precioso bien a la mujer guardado,
Con más vehemencia ansiado
Que el diamante oriental, y más que el oro;
¿Quién te dio ese poder? ¿De quién hubiste
La magia celestial? En donde quiera
Que muestres esa lumbre
Por siempre vencedora,
Reinar y avasallar como señora,
Rendir y embelesar es tu costumbre.
Vedla en los campos de Vertuno y Flora
Cuando los huella con gallardo brío,
Y allí en puros aromas y en colores
Humillará las flores
Hijas del sol y alumnas del rocío.
O si ya de la selva en el sombrío
Recinto, al eco ronco
Del resonante caracol, las fieras
Volando en su caballo alza y fatiga;
Ellas con planta alada huyen ligeras
De la Ninfa veloz, y huyen en vano
Su vista penetrante las persigue,
Y el rayo abrasador arde en su mano.
Arde y estalla; el plomo silba, caen,
Y el eco suena en torno. El bosque adora
Su bella cazadora,
Ansiando ufano que a batirle vuelva
La que con su atractivo sobrehumano
Es Flora en el Jardín, Cintia en la selva.

Y si en el rico estrado reclinada,
Cual dama delicada,
Habla discreta y apacible ríe,
¡Oh! cual tras sí los corazones lleva,
Sea que el pie fugitivo en danzas guíe,
Sea que al sonoro acento
De su arpa, herida en delicioso tono,
Rinda las almas y embellezca el viento!

Subidla luego al resplandor del trono;
Y a su aire augusto, a su ademan divino,
Veréis la tierra enmudecer, postradas
Ante ella las naciones,
Y en aplausos sin fin y adoraciones
Sus destinos cifrar en su destino.
¿Qué la beldad no alcanza
Cuando se une al poder? El mismo cielo
Obedece a su anhelo,
Si al cielo acaso conmover le agrada:
A una sola voz suya, a una mirada,
Apaga Jove el iracundo rayo,
Depone Marte la sangrienta espada.

¿No es tal, sacra Parténope, la excelsa
Joven real, cuya dorada cuna
Tú ya meciste en su primer oriente?
Ella en su faz purpúrea y noble frente
Lleva escrita su gloria y su fortuna.
Y espléndida y riente
Se lleva por los campos de la vida,
Cual la estrella de amor cuando en el cielo
Por los espacios lóbregos se lanza
A abrir la puerta al venidero día;
Y brilla con la luz de la alegría,
Y es bella como es bella la esperanza.

¿No es ésta ya la que a la regia silla
Destina alegre el hado,
Con el pueblo español menos airado?
¿La misma que en la orilla
Del sebeto feliz creció primero
A ser delicias del Monarca ibero,
Y astro de paz benéfico a Castilla?
¡Oh cuánto tarda ya! ¿Cómo no llega,
En alas de los céfiros traída,
A contentar al público deseo?

Tú que el soberbio tálamo preparas,
Mira arder el incienso ante las aras
Y ven a nuestra voz, santo Himeneo.
La sien ceñida de amaranto y rosas,
Con apacible vuelo
Del Olimpo a la tierra tú desciendes:
Por do quiera que tiendes
Las alas vagarosas
Huyen las nubes, se serena el cielo
Y de la antorcha al sacudir la llama
Que la adorable Esposa a Iberia guía,
Del Ebro a Guadarrama
Que todo se penetre en tu ambrosía.

Todo te aplauda: en resonantes himnos
Todo se inunde: el monte
Los diga al valle, y los repita el río,
Y los aprenda el mar. ¡Ella aparece!
No veis cuál resplandece
Del arrebol del alba enrojecida,
Por las gracias ornada,
Y de alta gloria y majestad cercada?
¿No veis cómo a los rayos de su frente
Todo con grata admiración se inclina?
Ella es; la augusta Reina de Occidente
Ella es la amable y celestial Cristina.

¡Nombre adorado, y en España ahora
Primera vez oído, ¡oh! siempre seas
Con tanto amor y gratitud cantado,
Como hoy estás de aclamación seguido!
Estrechamente al de Fernando unido
Escrito en letras de oro centelleas:
Y en medio a los magníficos festones
A las bellas guirnaldas con que el arte
Tu cifra con la suya enlazar pudo,
Es más estrecho el nudo
Con que la voz del regocijo alzando
Su alborozado aplauso al raudo viento,
Suben Juntos a herir el firmamento
Los nombres de Cristina y de Fernando.

Ven, pues; y de tu estirpe ¡oh nueva Esposa!
La fortuna recibe: orne tu frente
La diadema esplendente
Que pases luego a tu progenie hermosa.
Aquí nació tu Madre virtuosa:
De aquí el destino a la dichosa Italia
Nos la robó; y al saludar contigo
Este albergue real, un tiempo suyo,
Ufana de la luz que la acompaña
Decir parece a su querida España
«Aun más que te debí te restituyo.»

¿Qué te suspende, oh Musa? Ya a Himeneo
Con su doble guirnalda
Ceñir la sien de los Esposos veo
Ya el áureo velo tiende... ¡Ob! No te atrevas
Más adelante a penetrar... Un día
La antigua poesía
En el canto nupcial plácido y leve
De amor el triunfo celebrar solía;
Cuando más halagüeña que sublime
La zozobra pintaba, el gozo, el llanto,
El inefable encanto
Del tímido pudor, que cede y gime,
Y tanto halago, y tanto
De que entonces te vistes, ¡oh hermosura!
Para más abrasar: la ufana rosa,
Cuando a besarla llega
El céfiro, amorosa
La pompa así de su beldad desplega.

No, empero, igual licencia ¡oh Musa mía!
Te es permitida a ti; mayor reserva
Se debe a la deidad alta y triunfante,
Venus sin duda en su gentil semblante,
Pero en decoro y majestad Minerva.
Deja ese tono, pues, de mil ya usado
Y cantado ya a mil: diverso acento
En este gran momento
Deberá ser el tuyo, otras las sendas
Son que el délfico Dios abre a tu gusto;
Y cuando al son del plectro el aire hiendas,
Cristina y la virtud te oigan sin susto.

Desde ese trono excelso en que sentada
Los ámbitos de Iberia señoreas,
Tiende la vista y mira en todas partes
Arcos sublimes, títulos, trofeos,
Y fiestas en tu honor: dulce tributo
Que vuelto en gala el doloroso luto
Rinde a tus plantas la Nación hispana.
Recibe tú su amor y sus deseos
Recíbelos ¡oh Ninfa soberana!
Con dulce afecto a sus plegarias pío
Y la suprema voluntad doblando
Del amante Monarca a tu albedrío,
Haz de tus ojos al clemente fuego
Benigno el mando y poderoso el ruego.

Que bien esta región merecedora
Es de tu afán y maternal cuidado
Mira con cuánto agrado
La favorece el sol, qué rico el suelo,
Qué apacible es el aire; en donde quiera
Verás la primavera
Florecer y reír; y el siglo de oro
Renovando a tu voz, la dura encina
Y envejecido roble
De su áspero cabello
Miel para ti destilarán, ¡Cristina!
¿Buscas un bello clima? ¡Este es tan bello!
¿Buscas un pueblo noble? ¡Este es tan noble!
¿Acaso palmas del honor preguntas?
El mundo te responda que asombrado,
Por la española intrepidez doblado,
Apenas pudo contenerlas juntas.

Su número fue escándalo; y la suerte,
El cáliz de favor con que algún día
Nos embriagó falaz, trocó a rigores
Dos siglos de dolores
Vanse a cumplir, y aún viva
Parece arder su saña vengativa.
¡Oh discordia! ¡Oh rencor! Tristes pasiones,
Ministras viles de venganza extraña,
Y ajenas tanto al corazón de España,
¿No es tiempo ya de que ceséis? ¿No es tiempo
De que sus hijos alcen
La frente al cielo con vigor? ¡Pudieran
Los castellanos pechos,
A tal fortuna y contratiempos hechos,
Ser tan grandes aún, si ellos quisieran!

Y habrán de serlo al fin: que decretado
Sin duda fue por el querer del cielo
Este enlace magnífico y sagrado
Para bien de un gran pueblo. ¡Oh digna Esposa
Del Monarca español, fiel compañera
De su incesante afán y alto desvelo!
Tú en obra tan sublime
Asístele eficaz; triunfo debido
Es ese a tu candor, a tu hermosura,
A tu espíritu excelso... ¡Quién me diera
Romper el velo que la edad futura
Entre sombras esconde, y ver mi España
Acorde dentro, respetada fuera,
Vuelta a la gloria y rica de ventura
Acelerad ¡oh cielos! tales días,
Y salgan ciertas las promesas mías.

¡Oh, cómo el Genio imitador entonces
El inmenso caudal que en sí atesora
Desplegará, y en mármoles y en bronces
La efigie hermosa y los ilustres hechos
Dará de la inmortal restauradora!
¿Podrá a tanto bastar la fantasía?
¡Ah! mientras que a porfía
Las artes ostentando sus primores
Contiendan en su honor, en medio alzada
Con dulce exaltación y ardiente brío
Dirá la gratitud: «vuestros loores
No pueden ser eternos sin el mío.
Este es el perdurable, el verdadero,
El que conviene a su bondad divina
yo la grabé en el pecho al pueblo Ibero
Cuando en letras de amor puse: ¡Cristina!

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