Juan de Dios Peza

Juan de Dios Peza

Poeta, Político y Escritor Mexicano cuyo nombre completo es Juan de Dios Peza

México D.F., 29 de junio de 1852 - México D.F., 16 de marzo de 1910


17 Poesías de Juan de Dios Peza

Poemas más populares de Juan de Dios Peza


REÍR LLORANDO

Viendo a Garrik actor de la Inglaterra
el pueblo al aplaudirle le decía:
«Eres el mas gracioso de la tierra
y el más feliz...»
Y el cómico reía.

Víctimas del spleen, los altos lores,
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores
y cambiaban su spleen en carcajadas.

Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
«Sufro le dijo, un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.

»Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única ilusión, la de la muerte».

Viajad y os distraeréis.
¡Tanto he viajado!
Las lecturas buscad.
¡Tanto he leído!
Que os ame una mujer.
¡Si soy amado!
¡Un título adquirid!
¡Noble he nacido!

¿Pobre seréis quizá?
Tengo riquezas
¿De lisonjas gustáis?
¡Tantas escucho!
¿Que tenéis de familia?
Mis tristezas
¿Vais a los cementerios?
Mucho... Mucho...

¿De vuestra vida actual, tenéis testigos?
Sí, mas no dejo que me impongan yugos;
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos mis verdugos.

Me deja agrega el médico perplejo
vuestro mal y no debo acobardaros;
Tomad hoy por receta este consejo:
sólo viendo a Garrik, podréis curaros.

¿A Garrik?
Sí, a Garrik... La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquél que lo ve, muere de risa:
tiene una gracia artística asombrosa.

¿Y a mí, me hará reír?
¡Ah!, sí, os lo juro,
él sí y nadie más que él; mas... ¿Qué os inquieta?
Así dijo el enfermo no me curo;
¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta.

¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora,
el alma gime cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma,
un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto
y también a llorar con carcajadas.



POST-UMBRA

Con letras ya borradas por los años,
en un papel que el tiempo ha carcomido,
símbolo de pasados desengaños,
guardo una carta que selló el olvido.

La escribió una mujer joven y bella.
¿Descubriré su nombre? ¡no!, ¡no quiero!
pues siempre he sido, por mi buena estrella,
para todas las damas, caballero.

¿Qué ser alguna vez no esperó en vano
algo que si se frustra, mortifica?
Misterios que al papel lleva la mano,
el tiempo los descubre y los publica.

Aquellos que juzgáronme felice,
en amores, que halagan mi amor propio,
aprendan de memoria lo que dice
la triste historia que a la letra copio:

«Dicen que las mujeres sólo lloran
cuando quieren fingir hondos pesares;
los que tan falsa máxima atesoran,
muy torpes deben ser, o muy vulgares.

»Si cayera mi llanto hasta las hojas
donde temblando está la mano mía,
para poder decirte mis congojas
con lágrimas mi carta escribiría.

»Mas si el llanto es tan claro que no pinta,
y hay que usar de otra tinta más obscura,
la negra escogeré, porque es la tinta
donde más se refleja mi amargura.

»Aunque no soy para sonar esquiva,
sé que para soñar nací despierta.
Me he sentido morir y aún estoy viva;
tengo ansias de vivir y ya estoy muerta.

»Me acosan de dolor fieros vestigios,
¡qué amargas son las lágrimas primeras!
Pesan sobre mi vida veinte siglos,
y apenas cumplo veinte primaveras.

»En esta horrible lucha en que batallo,
aun cuando débil, tu consuelo imploro,
quiero decir que lloro y me lo callo,
y más risueña estoy cuanto más lloro.

»¿Por qué te conocí? Cuando temblando
de pasión, sólo entonces no mentida,
me llegaste a decir: "te estoy amando
con un amor que es vida de mi vida".

»¿Qué te respondí yo? Bajé la frente,
triste y convulsa te estreché la mano,
porque un amor que nace tan vehemente
es natural que muera muy temprano.

»Tus versos para mí conmovedores,
los juzgué flores puras y divinas,
olvidando, insensata, que las flores
todo lo pierden menos las espinas.

»Yo, que como mujer, soy vanidosa,
me vi feliz creyéndome adorada,
sin ver que la ilusión es una rosa,
que vive solamente una alborada.

»¡Cuántos de los crepúsculos que admiras
pasamos entre dulces vaguedades;
las verdades juzgándolas mentiras
las mentiras creyéndolas verdades!

»Me hablabas de tu amor, y absorta y loca,
me imaginaba estar dentro de un cielo,
y al contemplar mis ojos y mi boca,
tu misma sombra me causaba celo.

»Al verme embelesada, al escucharte,
clamaste, aprovechando mi embeleso:
"déjame arrodillar para adorarte";
y al verte de rodillas te di un beso.

»Te besé con arrojo, no se asombre
un alma escrupulosa y timorata;
la insensatez no es culpa. Besé a un hombre
porque toda pasión es insensata.

»Debo aquí confesar que un beso ardiente,
aunque robe la dicha y el sosiego,
es el placer más grande que se siente
cuando se tiene un corazón de fuego.

»Cuando toqué tus labios fue preciso
soñar que aquél placer se hiciera eterno.
Mujeres: es el beso un paraíso
por donde entramos muchas al infierno.

»Después de aquella vez, en otras muchas,
apasionado tú, yo enternecida,
quedaste vencedor en esas luchas
tan dulces en la aurora de la vida.

»¡Cuántas promesas, cuántos devaneos!
el grande amor con el desdén se paga:
Toda llama que avivan los deseos
pronto encuentra la nieve que la apaga.

»Te quisiera culpar y no me atrevo,
es, después de gozar, justo el hastío;
yo que soy un cadáver que me muevo,
del amor de mi madre desconfío.

»Me engañaste y no te hago ni un reproche,
era tu voluntad y fue mi anhelo;
reza, dice mi madre, en cada noche;
y tengo miedo de invocar al cielo.

»Pronto voy a morir; esa es mi suerte;
¿quién se opone a las leyes del destino?
Aunque es camino oscuro el de la muerte,
¿quién no llega a cruzar ese camino?

»En él te encontraré; todo derrumba
el tiempo, y tú caerás bajo su peso;
tengo que devolverte en ultratumba
todo el mal que me diste con un beso.

»Mostrar a Dios podremos nuestra historia
en aquella región quizá sombría.
¿Mañana he de vivir en tu memoria...?
Adiós... Adiós... Hasta el terrible día».

Leí estas líneas y en eterna ausencia
esa cita fatal vivo esperando...
Y sintiendo la noche en mi conciencia,
guardé la carta y me quedé llorando.



la calle de xicotencatl

Cuando al formidable empuje
de la justicia del pueblo,
el joven príncipe hapsburgo
subió al cadalso en querétaro,

al recoger su cadáver
sobre el memorable cerro
en cuyas peñas abruptas
saltó en astillas un cetro,

se ordenó que embalsamaran
los inanimados restos,
por si en la tierra nativa
les daban tumba sus deudos.

Y era de mirarse el cuadro
grave, imponente y siniestro,
que por su humilde grandeza
no olvidan los que lo vieron.

Sobre la bruñida plancha,
tendido el desnudo cuerpo,
plumón de cisne en lo blanco,
marmórea estatua en lo yerto;

abierta la barba rubia
en dos gajos sobre el pecho;
cual turquesas empañadas
los tristes ojos abiertos.

Surcando azulosas venas
la frente de marfil terso,
mostrando en ligeros surcos
congelado el pensamiento.

Lacio tocando la piedra
el áureo escaso cabello,
alisado en otros años
por manos que están muy lejos.

Rojas, profundas heridas
dispersadas en el pecho,
por donde entraron las balas
y se escaparon los sueños.

Inertes los largos brazos,
como abandonados remos,
y en las manos insensibles
algo crispados los dedos.

En las piernas las señales
de haber mantenido el cuerpo
largas horas sobre el ágil
corcel de los campamentos.

Y en el extraño conjunto
despertando los recuerdos
de rubens, cuando pintara
a cristo desnudo y muerto.

Ii

en una ciudad que ha sido
por muchos meses el centro
de encarnizados y horribles
combates a sangre y fuego,

por más que sobró pericia
no abundaron elementos
para sin tacha ninguna
ungir el cadáver regio,

y a reparar menoscabos
trajéronlo pronto a méjico,
sobre los frescos escombros
del ya desplomado imperio.

En tierra de moctezuma
el príncipe entró de nuevo,
no sobre augusta carroza,
sino encerrado en un féretro.

De nuestra ciudad las llaves
ninguno le dio a su encuentro,
ni su retorno anunciaron
los heraldos palaciegos.

En las sombras de la noche,
por rudas tablas cubierto,
sin ser por nadie esperado
y sin visible cortejo,

entró en vetusta capilla
el ataúd, pobre y negro,
y en tosca mesa de pino
quedó en solemne aislamiento.

Una lámpara que ardía
toda la noche en el templo,
lanzaba sobre la caja
su fulgor amarillento,

y en las elevadas bóvedas,
como tristes agoreros,
con sus fúnebres graznidos
se quejaban los mochuelos.

Las místicas esculturas
semejaban con su aspecto
dolientes que acompañaran
la soledad de aquel cuerpo.

Sobre el ataúd cernían
su augusto, impalpable vuelo,
los fantasmas de otros mundos
que en otros siglos vivieron:

carlos quinto, con sus pompas
de un sol sin ocaso dueño,
surgió con su egregia corte
para velar a su nieto.

La noble maría teresa
con sus infinitos duelos,
en la frente del hapsburgo
depositó helado beso.

Sola estaba la capilla,
solo el misterioso féretro,
solos los tristes altares
de aquel recinto severo,

y dentro de aquella caja,
solo y rígido durmiendo
un soñador de treinta años
fatua luz de un breve imperio.

Allá detrás de los mares
solo el castillo risueño
que el mediterráneo baña
con ondas de azul sereno.

Sola, en el antiguo mundo,
loca de amargura y duelo,
la esposa joven y hermosa,
que en vano espera a su dueño:

y fuera de la capilla,
en una calle de méjico
que de san andrés se llama
y donde estaba aquel templo,

la indolente muchedumbre,
sin pensar en el rey muerto,
elevaba los cantares
de un rey inmortal: el pueblo.

Al par que mamá carlota
se cantaban los cangrejos,
y alzando hosanna a juárez
daban vivas a escobedo.

Era muy negra la noche,
era muy lúgubre el viento,
la ciudad aun no salía
de los espasmos del miedo.

Y allí estaba aquel cadáver,
limpia la faz, roto el pecho,
como una lección terrible,
como un inmortal ejemplo,

de que la ambición engaña,
de que deslumbra el ensueño
y de que fue una tragedia
lo que se llamó un imperio.

Yo era muy joven, muy joven,
y el corazón en mi pecho
lloraba la dura ausencia
de mi único dios terreno;

de mi padre, que ni un día
mientras que tuvo un aliento,
dejó, con honda amargura,
de llorar por aquel muerto.

Iii

el sabio a quien encargóse
el nuevo embalsamamiento
era del ilustre juárez,
al par que amigo, su médico.

No bien con expertas manos
ligó los inertes miembros,
dejó, por secar las vendas,
suspendido al aire el cuerpo.

Pendiente de los dos hombros
en un arco de aquel templo,
y con los ojos de esmalte
retando al abismo negro,

solo quedó el soberano,
rígido como de acero,
con olorosos barnices
mojando a sus pies el suelo.

Y cuentan que en una noche
a juárez dijo su médico,
más bien que en tono de súplica
en son de dulce consejo:

no quiero encerrar al príncipe
para siempre en otro féretro
antes de que, de mi brazo,
vayáis vos a conocerlo.

Y juárez cedió a la oferta,
y esa noche, en silencio
llegó al misterioso sitio
conversando a paso lento.

Dos lámparas encendidas
mal alumbraban el templo,
y en la penumbra del fondo
se destacaba aquel muerto.

Aviváronse las luces
y bañó un fulgor intenso
el rostro color de cera,
los ojos color de cielo.

Juárez se acercó impasible
en holgada capa envuelto,
sin dar señales ningunas
de angustia o desasosiego.

Y de pie frente al cadáver
clavó en él sus ojos negros
y se lo quedó mirando
con su semblante de hierro.

Un diálogo sin palabras
se entabló en aquel momento
entre el rey ajusticiado
y el justiciero de un pueblo.

Una parvada invisible
de profundos pensamientos
de la frente de aquel vivo
voló a la frente del muerto.

Mas no se turbó su rostro,
ni sus labios se movieron,
ni cruzó por sus pupilas
rayo de placer o duelo.

Y después de haber estado
contenplándolo en silencio
ya lo vi -dijo en voz baja,
el vendaje aun no está seco .

Y tomando por el brazo,
cual de costumbre a su médico,
sin hablar de aquella escenna
salió de allí a paso lento.

...............

La eternidad insondable
quedó atrás en el templo
y ella oyó el diálogo mudo
de aquel vivo v aquel muerto.

Iv

pasados breves los meses
y a sus patrios lares vuelto,
el príncipe infortunado,
sin corona y sin aliento

conmemorando su muerte
en junio, en el mismo templo,
congregarse a llorarlo
no pocos de sus adeptos.

Escándalo semejante
despertó en aquellos tiempos
tempestad de desazones
y amargos resentimientos.

Y en masónico banquete,
en un solsticio de invierno,
frente del ilustre juárez,
y ante un auditorio inmenso,

un liberal de renombre
y de carácter enérgico,
adalid de la reforma
y hombre de acción y talento,

pidió, sin temor a nadie,
que se derribara el templo
poniendo manos a la obra
en aquel mismo momento;

y dos horas no pasaron
sin que con extraño estruendo
las piedras se desgranaran
del muro al golpe del hierro.

Derribada la capilla,
se abrió la calle que hoy vemos
de xicotencatl llamada
en honor de un héroe egregio.