Juan León Mera

Juan León Mera

Poeta, Ensayista, Novelista, Político, y Pintor Ecuatoriano cuyo nombre completo es Juan León Mera Martínez

Ambato, 28 de junio de 1832 - Ambato, 13 de diciembre de 1894


4 Poesías de Juan León Mera

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Mi fortuna

Siempre avara conmigo la fortuna
de mi alcance sus dones ha alejado;
a perpetua pobreza condenado
por un capricho fui desde la cuna.

Mis locas esperanzas, una a una,
cual seductores sueños han pasado;
pero nunca en mis ansias he llevado
al pie de esa deidad queja importuna.

Con otro don divino estoy contento,
no comparable a material tesoro:
mi noble corazón y mi talento.

De mi Patria a la gloria éste dedico,
y a la tierna beldad a quien adoro
mi corazón entero sacrifico.


Poema Mi fortuna de Juan León Mera con fondo de libro

A la Unión Iberoamericana

¡Hirviendo está en mi pecho la alegría!
Partid, vientos veloces,
desde las sierras de la Patria mía
llevando a España mis ardientes voces.

Pasó ya el tiempo de sangrienta lucha,
cual de turbión las olas;
ya del sañudo Marte no se escucha
el grito aquí ni en playas españolas.

Ya no hay brazo cruel que acero vibre
a herir pecho de hermano;
al libre mundo de Colón su libre
madre llama y provoca... ¡Oliva en mano!

Vedla: nos abre su bondoso pecho
y amable nos sonríe.
¡Sus! ¡a unirnos con ella en lazo estrecho
que el tiempo y las pasiones desafíe!

¡Nudo de amor y paz...! Losa de olvido
cubra de ayer el odio,
y a que no torne el monstruo maldecido,
vele cada uno de la Unión custodio.

Viva en el bronce sólo y en la historia
la antigua cruda guerra,
y viva de sus héroes la memoria
para asombro perpetuo de la tierra.

Contra ti nuestros padres, noble España,
acero audaz movieron,
y en los abismos de la mutua saña
¡cuántos miles de víctimas se hundieron!

Pero aqueste de horror cuadro inhumano
¡qué excelsa gloria muestra!
digna del pueblo griego y del romano...
¡Oh, no, que es digna de la raza nuestra!

La saña pasó ya; mas sin penumbra
ni ocaso, la luz viva
del astro eterno de la gloria alumbra
esta raza titánica y altiva.

Sí: la gloria de América en que ardiente
sangre de héroes circula,
no para sí tan sólo el Continente,
reino feliz de libertad, vincula;

es bien común de la familia hispana
cual océano extendida
allá y aquí, y en su unidad ufana
de sangre, historia, religión y vida.

Bolívar, de los Andes el coloso,
brotó de la semilla
que Pelayos y Cides al famoso
suelo dio de Cantabria y de Castilla.

América a estos genios suyos llama,
y España a la memoria
de aquél rinde homenaje, y le proclama
genio español y de su nombre gloria.

¡Salve, España! Tus hijos, de remotos
climas habitadores,
su corazón te envían y sus votos
de que el Cielo te inunde en sus favores.

¡Salve, España! Si un día destrozamos
el cetro de tus Reyes,
mientras más libres hoy, más acatamos,
de ti atraídos, las filiales leyes.

¡Plegue al Cielo que el nuevo y santo lazo
de paz y unión fraterna
haya, como el sublime Chimborazo,
firmeza, y brillo y duración eterna!

Y a par símil soberbio esta alianza
encuentre en la que pronto,
coronando con gloria una esperanza,
celebrarán un ponto y otro ponto.

El gigante de ocaso y el de oriente
van a enlazar sus manos;
mas libre cada cual e independiente
serán como hoy, entrambos soberanos.

¡Salve a la Unión! De próspero futuro
las puertas Dios franquea
a la íbera familia: ¡que seguro,
por ellas al entrar, su paso sea!

¡Vuelva la edad en que a esa heroica raza
besaba el pie la tierra,
y cuya historia sin rival abraza
cuanto hay grande y glorioso en paz y en guerra!



El genio de los Andes

Canto a los ilustres viajeros M. M. Wilhelm Reiss y Adolph Stübel, con motivo de su ascensión al Cotopaxi y al Tungurahua.

En otros tiempos los sublimes vates,
del estro divinal arrebatados,
dioses y héroes cantaban, en combates
estupendos mezclados,
cuyo espantoso estruendo
hasta el trono de Jove estremecía;
o bien, de audacia llenos, impetuoso,
raudo vuelo rompiendo,
a las etéreas esplendentes salas
con ellos se encumbraban, y su canto
con el canto de Apolo competía;
o, depuestas las galas
del divino festín, a la sombría
mansión bajaban del eterno llanto
y el blasfemar eterno del precito;
y ¡oh portento inaudito!
treguas la magia de su lira daba
al tormento infernal. La antigua Musa
tal era; el universo reverente,
inclinada la frente,
cuanto la voz pïeria le anunciaba
fanático adoraba.
Mas, ahora, la humilde Musa andina,
dichosa cuanto humilde,
más noble tema a su cantar alcanza;
siente en el corazón llama divina,
hierve su sangre, exáltase su mente,
su mirada chispea
cual de águila caudal a la febea
lumbre, su mano treme y se abalanza
al acorde laúd, púlsale, y notas
nuevas al viento y armoniosas lanza.

¡Genio de las ignotas,
altas, inmensas, mudas soledades!
¡Genio de las igníferas montañas!
Tú, Genio de los Andes, Genio anciano
como el dios que preside las edades!
¡Tú, cuyo imperio del glacial Océano
Septentrional al Cabo se dilata
que al Sur el mundo de Colón remata!
¿En dónde, en dónde estás? ¿Por qué enmudeces?
Alza, yergue la frente. ¿Qué profundo
pasmo suspende tu inmortal aliento?
Álzate y habla... ¡Oh Dios! ¡quién lo creyera!
Vencido el numen de los Andes yace,
su mansión profanada...
¡Oh feliz vencimiento!
¡Santa profanación! Una y otra era,
y otras y otras rodaron sobre el mundo,
como de mar airada
tumultüosas ondas: mas, ninguna
de la humana osadía ejemplo muestra
semejante al que ahora
propala ya la fama voladora.

Reinaba el Genio; en majestad terrible
su faz resplandecía;
su níveo trono, al hombre inaccesible,
Naturaleza levantado había,
cuando a ostentar sus juveniles fuerzas,
en fiera convulsión, de sus entrañas
hizo brotar montañas tras montañas,
y los Andes se alzaron estupendos.
Desde allí su dominio al Continente
tendió que el Grande Océano
y el mar de Atlante en cerco inmenso guardan,
desde allí vibra su potente mano
la tempestad rugiente;
y hace que atroces los volcanes ardan
que el seno de la tierra se estremezca,
y entre montones de funestas ruinas
el ser humano mísero perezca;
desde allí ha visto ¡oh cuántas,
cuántas generaciones
rodar vertiginosas a sus plantas,
cual llevadas, de raudos aquilones,
de eternidad en el abismo a hundirse!
¡Cuántos reyes y locas ambiciones,
sangrientas guerras, crímenes, violencias
de conquistas audaces! ¡Cuántos nombres
en el ingrato olvido confundirse!
¡Cuánta infamia vivir! y ¡cuántos hombres
diversamente grandes... Moctezuma,
de trágica memoria;
Huaina-Cápac, del sol hijo felice;
Atahualpa, inmolado a la codicia
de un invasor; Colón, a cuya suma
inmarcesible gloria
ni aún el brillo faltó que la injusticia
da, persiguiendo el mérito eminente;
Cortés, cuya luz clara
fuera mayor si al lauro de guerrero
el de conquistador no se enlazara;
Pizarro, si no un héroe, aventurero
sin rival en la historia;
Las Casas, que a borrar con pías manos
vino el crimen que obraron sus hermanos;
Penn, de severa probidad modelo;
Franklin, audaz sojuzgador del rayo;
Washington inmortal que trajo al suelo
de América fecundo,
en venturoso ensayo,
de república libre las simientes;
Bolívar el excelso en paz y en guerra,
a quien proclama justiciero el mundo
libertador, y padre, y vida y gloria
de cien pueblos valientes;
el noble Sucre, en cuyo heroico lauro,
¡oh singular, altísima fortuna!
no halla posteridad mancha ninguna.
Y vosotros también perseguidores
de los secretos de natura ¡oh sabios!
La Condamine, Humboldt, Caldas el mártir,
Boussingault... Todos del soberbio Genio
en la presencia deshojasteis flores,
y con honda efusión y ardientes labios
cantasteis sus loores.

Mas, un día llegó... ¡Quién te augurara
que en el seno del tiempo aqueste día,
oh numen poderoso, se guardara
de humillación a ti, de gloria al hombre!...
¿Los veis? ¿Quiénes son ésos? ¿Qué osadía
mueve su planta a la vedada cumbre?
Son dos germanos, y el amor de ciencia
allá los arrebata... ¡Ah, deteneos!
Temed, parad; devoradora lumbre
arde en esa eminencia;
Crüel fin nos aguarda: ¡que! la historia,
¿tendrá Encelados nuevos y Tifeos?
¡Que! de la austera ciencia el ejercicio,
¿de otros Plinios demanda el sacrificio?

¿Temer? ¿Cejar? ¡Oh, no! Vedlos: llegaron;
de ellos el triunfo es ya; bajo su planta
la frente el monte secular humilla,
y erguida en el espacio se levanta
y con los lampos de victoria brilla
del campeón de la ciencia la figura.
¿Veis esa exhalación que allá fulgura
una vez y otras mil en el lejano
confín del horizonte?
Es el Genio que en vano
juzgaba eterno alcázar su alto monte,
y hoy bate en fuga las enormes alas,
y en su rápido y vario movimiento
cárdenas luces va lanzando al viento.

Del sublime espectáculo pasmada
calla naturaleza;
de las entrañas de ignoradas tumbas
las sombras surgen de la antigua gente,
y entre las nubes vagan lentamente;
alzan los muertos siglos la cabeza
pesada y polvorosa...
Delante el vencedor contempla abierta
la boca del abismo pavorosa;
aún cálido y letal aliento espira,
cual monstruo herido que en penoso esfuerzo
por intervalos al vivir despierta,
al gladiador triunfante al lado mira,
y en el inútil furor tiembla y respira.
Encima el astro inmenso
numen de luz y genitor del día,
que en majestuoso ascenso
se aproxima al cenit; el infinito
azul espacio en torno; un océano
de crespas nubes a los pies, heridas
por las del sol miradas encendidas;
y el nombre venerando en todo escrito
y visible la mano
del de los mundos Padre y Soberano.

En tanto el pensamiento
de los felices héroes de la ciencia,
vívido rayo, a par de su mirada,
al hondo seno del volcán desciende;
en la lava y las rocas busca atento
las huellas de los siglos, y la influencia
indaga, aún poderosa, aún no menguada,
de remotos y horrendos cataclismos.
Así a la inteligencia
muestran hasta los lóbregos abismos
caracteres y cifras en que se halla
la Verdad escondida
al humano saber, mas no perdida.
Ella aparece y por el mundo vuela,
el claro nombre honrando
de quien tras luengo afán hallarla pudo;
ella aparece y su beldad mirando
la Musa, que yacía en ocio mudo,
se anima, el sacro fuego la arrebata
y en himnos de victoria se desata.