Alejandro Arango y Escandón

Alejandro Arango y Escandón

Poeta, Abogado, Traductor y Académico Mexicano cuyo nombre completo es Alejandro Arango y Escandón

Puebla, 10 de julio de 1821 - México, D.F., 28 de febrero de 1883


2 Poesías de Alejandro Arango y Escandón

Poemas más populares de Alejandro Arango y Escandón


Rosaura (Escando)

Risueña, ufana, sobre el césped blanco,
de abril en tarde plácida y serena
está Rosaura en la floresta amena,
al son de alegre tamboril bailando.

Rosas, jazmines, a su paso echando,
aplaude el pueblo y la comarca atruena,
y va la vida de donaire llena,
rosas, jazmines, a su paso hollando.

Pero ¿y mañana? al despuntar la aurora
y no bien aparezca su lucero,
tendrá ya dueño que en el alma adora.

Y si dice su señor: «No quiero»,
por más que gima la gentil pastora,
será este su bailar postrero.


Poema Rosaura (Escando) de Alejandro Arango y Escandón con fondo de libro

Invocación a la bondad divina

O amargo desconsuelo
Permitas que de mi alma se apodere,
Señor, ni el bien que el cielo
La ofrece, considere
Costoso, y de alcanzarle desespere.

Tu generosa mano
Mantenga sobre el agua mi barquilla.
Siquiera el Noto insano
La contrastada quilla
Bramando aleje de la dulce orilla.

Es yugo más süave
El de tu ley; es carga más ligera:
Con peso harto más grave
Y angustia verdadera
Aflige el vicio, si en el mal impera.

¿A quién Señor la vía
No complace risueña y deleitosa.
Que a tu morada guía,
Si en ella siempre hermosa
Entre nardo y clavel crece la rosa?

¿Si cuanto amena es llana,
Y el pie seguro y sin dolor la huella?
¿Si de tu frente emana.
Consoladora y bella,
La luz que alumbra al caminante en ella?

Fuente, que eterna dura,
Pusiste al fin de la jornada breve;
Quien de su linfa pura
La copa al labio lleve,
Vivir sin sed y para siempre debe.

De su raudal amado,
Lo espero, ha de gustar el labio mío:
Que a tu querer sagrado
Sujeto mi albedrío,
Y en tu bondad inextinguible fío.

Y en la lucha me acojo.
Padre, a la sombra de tu diestra amiga;
Y no el escudo arrojo.
Rendido a vil fatiga.
Ni el yelmo, que me diste, y la loriga.

¡Ay! si injusto recelo
Perturba un día mi quietud serena.
Disipa tú mi duelo,
De gracia mi alma llena,
Y luego, ¡oh Dios! lo que te plegue ordena.



Las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres

"Las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias."

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