Ejemplos con despidiera

Muchas veces la mejor manera de entender el significado de una palabra, es leer textos donde aparece dicha palabra. Por ese motivo te ofrecemos innumerables ejemplos extraidos de textos españoles seleccionados.

Pero todavía tuvo que vencer Rivero la antipatía de algunos de los músicos de la orquesta, que le quitaban el micrófono, se lo inclinaban o desprendían de la jirafa sostén, hablaban mal a sus espaldas y hasta le aconsejaban al Gordo que lo despidiera.
Después, en la misma noche, Melina perdió su lucha frente a Jillian y después de dio una cachetada a Theodore Long, causando que Long la despidiera a élla y a Johnny Nitro de SmackDown!.
En vez de esperar que el juez la despidiera, ella era quien lo despedía.
Faltaba algo antes de que Adoración se despidiera.
Era el marqués de Coupigny, alto, fuerte, rubio, colorado de suyo, y en aquella ocasión encendido, como si toda su cara despidiera fuego.
-Gracias por todo, ¡por todo, sí, señor! -respondió el boticario trémulo de voz y conmovido, como si se despidiera de don Alejandro hasta la eternidad.
Por fin, después de haber dirigido llorosas miradas al cielo, al lago, a las montañas lejanas y a aquella quinta donde tanto había aguardado y sufrido, como si de todos ellos se despidiera y tuviesen un alma para comprenderla, dijo al apenado caballero:.
Como hubiesen hecho fuerza a Seleuco estas reflexiones movió para la Cilicia con un grande ejército, y Demetrio, que se sorprendió de esta repentina mudanza de Seleuco, concibiendo temor, se retiró a los puntos más inaccesibles del monte Tauro, desde donde le envió a rogar que le dejara tomar el país de alguno de aquellos reyes bárbaros que eran independientes, donde pasaría su vida en quietud, sin tener que andar errante y fugitivo, y cuando no, le diera con qué sostener sus tropas aquel invierno, y no lo despidiera desnudo y falto de todo, arrojándole así en las manos de sus enemigos.
Entonces un tal Teódoto de Quío, que se hallaba en la corte del rey en calidad de maestro asalariado de retórica, y que, a falta de otros hombres buenos, había sido admitido en el consejo, manifestó en su voto que erraban unos y otros, los que opinaban que se le recibiese y los que decían se le despidiera, pues lo que únicamente convenía era recibirle y darle muerte, añadiendo al terminar su discurso que hombre muerto no muerde.
La alacena del dormitorio no encerraba más que dos pistoletes con incrustaciones de oro, verdadera alhaja regia que Felipe III había regalado a don Francisco el día en que éste se despidiera del monarca para venir a América.
Sus ojos tristes se pasearon dolorosamente por las paredes y los muebles, después se fijaron en Alicia, como si se despidiera de ella para siempre.

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